Matanzas está a dos horas y media de Santiago, y a un siglo del ruido. Es una caleta pequeña en la costa de la Región de O'Higgins, famosa entre los kitesurfistas por su viento constante y, cada vez más, conocida entre los que buscan un fin de semana breve, austero y con el mar a la vista.
Sábado
Salir de Santiago después del desayuno, sin apuro. Llegar antes del almuerzo. Comer en Surazo, el hotel-restaurante frente a la playa, un caldillo de congrio con vista al Pacífico. Después, caminar la playa completa, ida y vuelta. Tres kilómetros de arena oscura, viento en la cara, pelícanos.
Por la tarde, un café en La Estación, la panadería del pueblo. Al atardecer, subir al mirador de la caleta a ver el sol bajar detrás de los faralones. Cenar liviano: unos erizos frescos, un vino blanco de casablanca.
Domingo
Un desayuno lento, huevos revueltos y pan tostado con palta. Después, la opción es simple: no hacer nada. Leer en la terraza, dormir siesta, volver al mar. Almorzar mariscos en La Caleta, una picada de pescadores con mesas al aire libre. Salir a las cuatro para llegar a Santiago antes de la caída del sol.
Dónde alojar
Casa Surazo. Diez habitaciones en madera y hormigón, diseñadas para mirar el mar. Sin televisión, con biblioteca compartida.
Alaia Hotel. Más pequeño y más económico, con un restaurante de cocina simple pero honesta.
Airbnb. Hay varias casas de arquitectos disponibles, sobre todo en la subida de la punta. Vale la pena mirar con calma antes de reservar.
Qué llevar
Cortavientos, un libro, sin prisa. Matanzas no premia al que llega con una lista de actividades. Premia al que se deja llevar por el ritmo del viento.



