El Museo de Artes Visuales reabrió después de una remodelación larga y silenciosa. La sorpresa no está sólo en las salas —renovadas, con mejor iluminación y una museografía más generosa— sino en el proyecto completo: un lugar donde ver arte es sólo una parte del plan.

Un museo para quedarse

La entrada sigue siendo libre. El edificio, en pleno Barrio Lastarria, mira al Parque Forestal a través de sus ventanales. En la primera planta, la colección permanente de arte contemporáneo chileno —una de las más importantes del país— convive ahora con muestras temporales de fotografía, video y arte textil.

Café y librería

En el subterráneo se instaló un café pequeño que se convirtió, muy rápido, en uno de los mejores lugares para trabajar en el centro de Santiago. Mesas amplias, wifi decente, un espresso correcto, sándwich de jamón serrano bien hecho. Al lado, una librería especializada en arte, arquitectura y fotografía. Catálogos de museos internacionales, poesía chilena y una selección corta pero muy bien elegida de infantiles ilustrados.

Un plan de tarde

La combinación funciona: dos horas en las salas, un café en el subterráneo, media hora en la librería y una vuelta por el Parque Forestal antes de tomar un vermut en Lastarria. Es, quizás, uno de los planes urbanos más agradables que ofrece Santiago hoy.

El MAVI recuerda que un museo puede ser también un lugar cotidiano: un espacio al que se vuelve, no una visita que se hace una vez.