El Itata es el valle más antiguo de Chile y, hasta hace poco, también el más silencioso. En los últimos años, sin embargo, un grupo de mujeres viñateras está reescribiendo su historia con cepas viejas de país, cinsault, moscatel y una convicción compartida: vinos honestos, de bajo intervencionismo, que hablen del granito y del secano.
Cepas viejas, ideas nuevas
El Itata conserva parras de más de cien años plantadas en cabeza, sin riego, en suelos graníticos que dan vinos tensos y minerales. Durante décadas ese patrimonio se malvendió a granel. Hoy, una nueva generación —muchas de ellas hijas o nietas de viñateros de la zona— compra uva a esos mismos productores y vinifica con criterio propio.
Los nombres a seguir
Leonor Barra — Viñedos Barra. Trabaja con parras de país de más de 150 años en Guarilihue. Sus vinos son largos, salinos, con una textura casi cítrica. La etiqueta a buscar: País Viejo.
Macarena del Río — A los Viñateros Bravos. Cinsault jóvenes, frescos, muy bebibles. Vinos que caben en la mesa de todos los días.
Renata Cifuentes — Cacique Maravilla. Moscatel espumante ancestral, país tinto sin sulfitos añadidos. Producciones pequeñísimas que se agotan al mes de salir.
Consuelo Marín — Roberto Henríquez. Aunque el proyecto lleva el nombre de su pareja, Consuelo es agrónoma y define buena parte de las decisiones de campo. Vinos de terroir puro.
Dónde probarlos
En Santiago, botillerías como La Vinoteca (Isidora Goyenechea), El Mundo del Vino en Vitacura y Bocanáriz (Lastarria) tienen selección rotativa. Vale la pena, también, un viaje de dos días a Chillán para visitar las viñas: la mayoría recibe con reserva previa y una mesa larga con empanadas, longanizas y un vino que va cambiando según lo que se abra esa mañana.
El Itata no necesita marketing. Necesita, y está por fin recibiendo, viñateras que lo cuenten con voz propia.



